Archive for septiembre 2005

EL NÉCTAR SAGRADO DE LOS INCAS

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La "chicha de jora" fue el néctar sagrado de los incas. La bebida predilecta del tayta Inti. Actualmente, la favorita del norte del Perú.


La chicha en el ande norteño es consumida después de suculentos platos típicos como el cuy guisado; asienta la comida exquisitamente. Es un placer que sólo el cholo andino tiene el privilegio de gozar.

Muchos visitantes del interior del país, y porsupuesto del exterior, quedan maravillados por su madurez, por su peculiar sabor. No hacen más que admirarla y saborearla mientras la tienen a su alcance.

En la chacra, los peones no remueven la tierra, sin antes haber probado el rico el néctar que les dará fuerza y vigor. Éste acompañado de su “bolo” de coca en un lado de la cara. Nadie, absolutamente, nadie, trabaja sin la bendita hoja de coca, y el néctar sagrado del taita Inti. Chicha antes de empezar la jornada, chicha después de cada hora, chicha a la hora de almuerzo, y como broche de oro: chicha al final de la jornada.

Es tan indispensable esta bebida como la herramienta de trabajo. Sin herramienta no hay trabajo; sin chicha no hay valor ni energía para ejecutar la faena. En los palos cilulos, mientras la gente forma el ruedo para derribar a machetazos la “yunsa”, simultáneamente don Don Guillermo canta ese carnaval conocidísimo por todos los norteños, “arriba caballo blanco cilulo…”.

En tanto el machetazo penetra en el tronco añoso al ritmo de la música, la chicha del taita Inti es degustada y catada por las nerviosas parejas que no hacen ningún esfuerzo para derribar el árbol cargado de frutas y regalos, el motivo: nadie quiere devolver doblemente el palo para el siguiente año, como es tradición.

Caído el árbol y alborotada la gente por ganar las frutas o los regalos, los repartidores de chicha baldean el néctar sagrado encima de aquella gente desesperada que busca alcanzar un juguete o una fruta. Otra de las costumbres, muchas mujeres, ansiosas, esperan los domingos para pintarse el rostro de chapitas rosadas, sus labios ásperos con vaselina y unos cuantos ganchos de colores a la cabeza.

Tres o cuatro polleras de lana; un sombrero de palma y ya están preparadas para bajar el sinuoso camino durante varios cuartos de hora y llegar pueblo. Primero expenden sus animales o sus tubérculos, luego pasan a esas casitas vetustas, que llevan puesta desde sus ventanas una bandera blanca horizontal que flamea al ritmo de los fuertes vientos andinos.

Allí expenden aquella bebida que por varios días las mujeres esperan ansiosas para satisfacer a su famosa "solitaria" que empieza a pedir "chicha" a gritos ya desde los sábados. Se reúnen varias mujeres, piden una jarra con chicha, luego otra, así sucesivamente, hasta que empiezan a cantar y a rivalizar con el grupo de hombres que está al frente ellas. No hay pudor.

Hablan groserías y nadie se ruboriza. Momentos después si no hay broncas de género: guerra entre hombre y mujeres, nace la cizaña entre las mujeres, empiezan a lidiar. Primero se lanzan lisuras, después se agarran de las trenzas, se sueltan, se revuelcan, nadie las separa. Se cansan, se ríen y siguen tomando el néctar sagrado de su jefe Inti.Esa es la rica y distinguida chicha de nuestros antepasados. salud por eso...!!

PROCESO JUDICIAL AL POETA CESAR VALLEJO

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El proceso judicial a Vallejo, se extendió durante muchos años. En vida no tuvo la oportunidad de demostrar su inocencia. El juicio quedó trunco. Su lejanía del Perú, así como su prematura muerte impidieron que el caso se cierre en la Corte de Justicia de Trujillo...

La iniciativa del Colegio de Abogados de La Libertad de reabrir el "Proceso al poeta César Vallejo" y absolverlo para la posteridad, tiene un serio inconveniente para su realización. El expediente judicial contra el autor de "Trilce", el cual motivó sus 112 días de injusta prisión en Trujillo en 1920, está incompleto y el Archivo regional de La Libertad sólo conserva una parte.

El director del Archivo Regional, Napoleón Cieza Burga, ha manifestado que el último investigador que tuvo acceso al documento completo fue el fallecido director del Instituto de Estudios Vallejianos, Dr. German Patrón Candela, quien publicó un minucioso estudio sobre ese caso, titulado "El proceso a Vallejo".

En el expediente extraviado, se encontraban pruebas decisivas, como el acta policial de su captura, sus declaraciones iniciales Vallejo en la gendarmería de Huamachuco, la versión de los demás acusados -entre los que figuraba su hermano, la parte agravida, varios testigos notables y hasta los exhortos que llegaban al Consulado de Perú en Francia. (SIGUE: Peruprensa.org)

"...Vallejo no quiso retornar a su patria. Hay dos versiones, una que sostiene que Vallejo sabía que el juicio continuaría, y otra que da fe que en el fondo el escritor estuvo profundamente decepcionado."

LA MUJER DE MI HERMANO

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Esta mujer despedía glamour y elegancia desbordantes por donde fuere. Una mujer al estilo Perricholi. Una ninfa en traje de ñusta andina. Así fue como la conoció mi hermano. La enamoró con palabras parcas, fofas, fiel a su estilo trivial. Y ella invadida por la ingenuidad andina cayó en las redes de este viejo pescador de mujeres sumisas.

Mi hermano era gordo y bonachón, le gustaba la cerveza y las mujeres. La cerveza para calmar su sed, y las mujeres para calmar sus otros deseos . En uno de estos bares clandestinos conoció a la mujer de sus sueños. Cupido lanzó la flecha, el efecto fue inmediato. Dos horas le tomó para enamorarla y dos semanas para contraer nupcias. Dos años para concebir a su primer hijo. Y tres para el segundo varón. Ambos saludables y pero mal criados. Nadie se escapaba de sus titubeantes palabras procaces y soeces infantiles, que no nos hacían más que soltar una carcajada por cada lisura que lanzaban.

La relación marital parecía ir viento en popa. Mi hermano trabaja en una empresa transnacional. Ganaba buena plata, sus hijos crecían en buena comodidad. Y la "ninfa" no pasaba hambre, sino soledad.

Fue entonces que Empecé a notar en sus ojos pena y tristeza. Mi hermano les visitaba cada fin de mes, salían a comer a los mejores restaurantes; a divertirse en la discoteca de moda. Pero la despedida al día siguiente le deprimía sobremanera. De nuevo era víctima de ese veneno, mezcla de pena y tristeza.

Debido a su notoria soledad la empecé a frecuentar a su cuarto con el pretexto de ver televisión. Pero antes inventaba cualquier excusa para que mis sobrinos abandonen el dormitorio y fueran a jugar en la azotea con los alucinantes robots de Stara wars; mientras yo buscaba el momento preciso para acercarme a la joven Ninfa y ofrecerla mis buenos sentimientos. Extrañada por mi actitud me rechazó de súbito.

Yo la quería consolar, desbordar el huracán de amor que traía encima. Pero sólo obtuve rechazo y más rechazo. Nunca más la volví a insinuar.

Ella hizo su vida y yo la mía. Un día recibimos la noticia de que mi hermano había sufrido un accidente, fue hospitalizado y a los pocos días falleció. La mujer de mi hermano quedó sola y abandonada, con dos hijos y un sin número de amantes de su marido.

Los días pasaron, y para evitar la tentación por la mujer mi hermano busqué un trabajo en una empresa que dista a más de 500 kilómetros de la ciudad. Siempre evité pensar en aquella muchacha vestida en traje de “ninfa”, pero la obsesión me sometía. Tuve que regresar.

De la muerte de mi hermano han pasado casi tres años. También tres años han pasado que no he regresado a la ciudad. Hoy llegué a casa y todo ha cambiado. Mi madre fenece de pena por el abandono de sus hijos. Yo a 500 kilómetros y mi hermano a tres metros bajo tierra. La “Ninfa” aún joven parece haberse congelado en el tiempo, sus ojos reflejan juventud y deseo de vivir la vida. Durante todo este tiempo su mente lo ha mantenido ocupada sólo a la crianza de sus hijos. No tiene novio, ni pretendientes, sigue guardando la memoria de mi hermano.

Pero sólo hasta hoy día, porque hoy me he convencido que ella es la mujer de mi vida. Precisamente la mujer de mi hermano.

UN MENSAJE DE LIBERTAD

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¿Qué has hecho con tu plumaje maravilloso?, le preguntó el rey, un poco confundido a su ave de plumaje dorado. “He sacrificado mis finas plumas para salir de esa jaula y lograr mi libertad”, contestó la avecilla.

¿Pero no eres feliz en esa jaula de oro, no te satisfacen las comodidades que te he dado?, le preguntó angustiado el rey. La avecilla respondió: “así como a usted le hace feliz la avaricia, el dinero, las joyas, a mi me hace feliz obtener mi libertad, mi rey.
El rey trastabilló al observar a la avecilla desplumada y prosiguió: “cuánto dolor habrás sufrido al sacarte las plumas más hermosas de tu cuerpecito sólo por un simple capricho,lograr tu libertad y vivir en ese mundo salvaje”.

La avecilla de plumaje dorado le respondió: “más dolor he sufrido durante todo este tiempo que me has tenido encerrado en esa espantosa jaula y no haber podido volar en el cielo celeste mis últimas agonías".

“Pero de que agonías hablas, replicó el rey, tú no te vas a morir".
El ave apunto de fenecer le dijo: “mi cuerpecito no ha resistido tanto dolor, tanto sacrificio, me siento fustigado. Me falta oxígeno, me siento fenecer, a pesar de todo salir de la jaula ha valido la pena”.
El rey, que no se negaba a perderlo replicó: “pero te he dado comodidades, buenas comidas, todo lo que has deseado".

En sus últimos respiros respondió la avecilla: “Para mi no tiene ningún valor tu riqueza. Tal vez he degustado los mejores manjares en tu palacio, pero mi vida encerrada no le da sentido a mi existencia. Yo soy una avecilla libre por naturaleza. Tengo que regresar al lugar al que pertenezco. Donde los míos vuelan al libre albedrío por el cielo infinito. Donde tienen la oportunidad de elegir libremente y poder volar en todo momento".

El rey al escucharlo y al ver el sacrificio por la lucha de sus ideales, se postró sollozando, al pie de la jaula y observaba atentamente, cuando sacaba fuerzas de su flaqueza para asomarse a la ventana y poder ver por última vez a la naturaleza en todo su esplendor.

La avecilla, desde el filo de la ventana dejaba caer de sus rebosantes ojos aquellas lágrimas soñadoras, por fin libres, sin ataduras de la servidumbre, ni de su rey.

Allí acabó dando sus últimos respiros en aquella ventana contemplando aquel estupendo paisaje de sus sueños, de sus ideales. por fin llegó a ser libre.

PRESERVEMOS NUESTRO MONUMENTO

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Trujillo es una ciudad colonial, fundada en 1534, por el español Diego de Almagro. Es considerada como una de las urbes hispánicas con mayor herencia en la historia del Virreinato del Perú. Fue la primera ciudad que logró su independencia a nivel de todo el país. Y como homenaje a nuestros próceres de esta gesta patriótica se levantó un extraordinario monumento de granito y mármol en la plaza de armas de Trujillo.

Este monumento fue creado por un famoso artista alemán, Edmundo Moeller. Plasmó la idea de libertad en su máxima expresión. Hoy, vista y admirada por todos los liberteños y visitantes del Perú y del mundo. Es un monumento de gran envergadura.

Pero ahí no acaba el relato. Todo no es color de rosa. Esta importante obra maestra ya no es objeto de contemplación, sino todo lo contrario, los visitantes observan con más atención y curiosidad a las personas que diariamente protestan y amenazan con medidas radicales como "huelgas de hambre", se encadenan, se torturan; a esto se suman los grandes carteles o pancartas llenos de consignas y demandas que cubren parte del monumento, evitando a los turistas nacionales y extranjeros deleitarse de la obra de arte. Debemos decirlo con todas las letras, estos ciudadanos trujillanos (manifestantes huelguistas) se han apoderado de las inmediaciones del monumento.

Cada vez que hacen su marcha de protesta se ubican al pie la obra de arte y lanzan sus arengas a los cuatro vientos. Incluso aquellas personas más radicales que utilizan “la huelga de hambre” como medio de expresión, han llegado al extremo de construir su carpa al pie del monumento y evitar durante la noche los golpes duros del friaje. no quiero exagerar pero creo, los visitantes ya no se acercan a deleitarse de esta obra de arte, sino se acercan preguntar al oído: ¿quiénes son?, ¿por qué protestan?, ¿qué es lo que piden?... Debido a estas manifestaciones, tal vez ya no se piense en ir a contemplar el monumento sino a observar qué fulano, zutano o mengano está de huelga.

Nuestro monumento ha sido opacado con los problemas que aquejan a nuestra sociedad. Nadie está en contra de las protestas, más bien aplaudimos, porque es una forma de luchar por los ideales y manifestar nuestros pensamientos. Y como diría mi abuela “el que no llora no mama”. Pero lo que no es dable es utilizar como escenario a un monumento de envergadura, de historia, de recuerdos, una reliquia de nuestra ciudad. reflexionemos y evitemos cualquier agravio a nuestro monumento.

EL CHOLITO VALLEJO NO ES UN TRIUNFADOR

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Habían pasado casi ocho horas de viaje, y por fin el autobús arribó a la ciudad de Trujillo. Los pasajeros despertaron de sus profundos sueños, cargaron sus maletines y se bajaron.

El "cholito Vallejo" después de un largo trajín llegó a las inmediaciones de la Universidad. Apenas recorrió unas cuantas manzanas y encontró una habitación. Tenía baño privado; una cama confortable; y una ventana amplia que se podía divisar a la Universidad. Sobre todo poseía unas barras de gimnasia pegadas en el techo raso, “precisas para ejercitarse”,pensó. Lo alquiló.

Después de firmar el contrato de alquiler, se quedó recordando situaciones agradables, como las de su etapa de colegial.

Minutos después quedó dormido en la cama y no despertó hasta el día siguiente.

Ese día tomó su beca integral que había ganado en su colegio de su tierra natal y fue a inscribirse a la mejor academia preuniversitaria.

Sus clases empezaron el 03 de enero, y desde el primer día empezó a demostrar su talento cultural.

Los meses pasaron raudamente, casi trece desde que llegó, y sólo faltaba una semana para el examen de admisión a la Universidad. Los nervios empezaron a notarse en el “cholito Vallejo”. Era consciente de su buena preparación, pero también era consciente de los cientos de postulantes a su carrera. Además tenía su “talón de Aquiles”: los nervios, que no los podía controlar.

El día anterior al examen de admisión llegó sorpresivamente doña Victoria, su madre. El “cholito Vallejo” se emocionó notablemente. Ese mismo día, doña Victoria lo preparó un buen plato de revuelto con cuy frito. Cenaron y se acostaron temprano.

El día del examen el “Cholito Vallejo” se despertó tenso e irritable. Su madre le ayudó a vestirse. Tomó su vaso con leche fría y se despidió; pero doña Victoria optó por acompañarlo.

Los miembros de seguridad de la Universidad abrieron el portón, y autorizaron el ingreso de los postulantes. Doña Victoria bendijo a su hijo y se alejó. Minutos después sonó una alarma, señal que había comenzado el examen.

El “cholito Vallejo” empezó a experimentar ciertos temblores y sudoración en su cuerpo, propias del nerviosismo. Durante las tres horas hubo un silencio inevitable, todos concentrados resolvían su examen.El “cholito Vallejo” no sólo se había concentrado sino también había empapado con sudor el examen hasta el exceso de no poder resolver la última pregunta. No se leía bien. De pronto empezó a sonar nuevamente la alarma, había finalizado el examen.

El “cholito Vallejo” al salir no quería hablar con nadie. Ni con doña Victoria que le esperaba alegre. “los nervios le había traicionado. Le faltó resolver algunas preguntas. Doña Victoria trataba de consolarlo, pero El “cholito Vallejo” obstinado con su idea de que no iba a ingresar reflexionó y le dijo a su madre que este mundo se ha hecho sólo para los triunfadores, y no para los perdedores, y que él no era un triunfador.

Doña Victoria, se sentía culpable por la actitud soberbia de su hijo. Nunca le inculcó que en la vida muchas veces se gana y otras, se pierde. Cuando ya era casi las 10 de la noche, el cholito enciende la radio para escuchar los resultados del examen de admisión, pero ya habían finalizado. No escuchó nada. Se llenó de ira y casi rompe las pocas cosas que había en su habitación. Su madre lo tranquilizó, y le dio cincuenta céntimos para llamar a la radio y preguntar su resultado. Preguntó si Fernández Manrique, Baltasar, había ingresado al programa de Derecho. La recepcionista de llamadas le hizo esperar un momento. Buscó el apellido Hernández… "no está", murmuró. Pero le dio otra ojeada y no encontró el apellido Hernández. Cogió el auricular y le informó que no había ingresado. le cayó como un baldazo de agua, pero confirmó sus dudas.

Lo que no sabía el “cholito Vallejo” era que la señorita buscó el apellido Hernández y no Fernández. De tal modo que aún no se sabía si ingresó o no. Regresó a su cuarto, encrespado y desmoralizado. Su madre trató de animarle, pero no quería alivios, no quería nada. Se acostó sobre su cama y se quedó mirando las barras de gimnasia en el cielo raso de su cuarto. Le chorreaban las lágrimas de puro dolor. ¡Fracasé…! pensaba.

Al día siguiente su madre se levantó muy temprano a comprar el periódico. Por su parte, El “cholito Vallejo” escuchó que su madre cerró la puerta y se levantó de la cama con el rostro demacrado y una mirada extraña.

Rompió el cordón de la plancha tomó una hoja, un lapicero y sentó a la mesa. Mientras tanto su madre, en la esquina de la manzana, revisaba el periódico y fue sorprendida porque su hijo no sólo había ingresado, sino también ocupaba el primer puesto. De inmediato regresó a darle la buena noticia a su hijo. Los de la radio se habían equivocado: “inútiles, no sirve para nada”, regañó. Entró como el viento impetuoso a la casa. Subió las escaleras gritando: ¡hijo mío ingresaste! ¡Hijo mío ingresaste! Al abrir la puerta su mirada se desvaneció. ¿Hijo mío qué te has hecho? Gritó fuertemente.

El “cholito Vallejo” yacía ahorcado en aquella barra de gimnasia arriba en el techo. Se había ahorcado con el cordón de la plancha. Su madre, desesperada, lo sostenía de los pies para que no se siga trozando el cuello.

EL GRAN TEODORO RIVERO AYLLÓN

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Invitado: EDUARDO GONZALEZ VIAÑA

Todavía en los años 60, cuando ningún avión comercial volaba a la Isla de Pascua, Teodoro Rivero-Ayllón se hizo a la mar en Valparaíso y navegó hasta ese lugar, en los confines del mundo. El barco de regreso salía 3 meses después, pero algún encanto irresistible hizo que lo perdiera. El siguiente llegaba al otro año, pero tampoco lo tomó. Al final, se quedó dos años estudiando el idioma de los nativos y tratando de encontrar raíces comunes entre aquél y las lenguas de la América aborigen.

Ese era y es el amigo a quien recuerdo en este correo. De ese viaje le nació un libro y luego de inmediato otro, ante su encuentro con Machu Picchu. Erraría después por toda América en pos de textos inéditos de algunos poetas modernistas, y ocuparía por fin durante un año la misma silla y mesa en la Biblioteca del Congreso de Washington leyendo sin parar antes de redactar por fin en la universidad de Trujillo la que sería su tesis doctoral que versa sobre el Grupo Norte y sus conexiones con el Modernismo.Todo el tiempo, recuerdo a Teodoro tratando de aprender algo.

En las riberas del Amazonas, llegó a dominar una docena de las lenguas que comunican a los cazadores de aquel bosque impenetrable. Como Vicerrector en Chiclayo, anduvo por las pirámides misteriosas explorando al lado de Walter Alva, el genial descubridor de Sipán.

En Irán, en la China y en la India, como profesor universitario, no dejó ni un minuto de seguir siendo un estudiante enamorado de la forma cómo la palabra humana se entrelaza en el código misterioso del idioma.Quizás el tiempo dura más para él y eso le permite tanta hazaña, pero también juega a su favor el haber sido formado por la cátedra humanista, tradicional en América Latina, y no por aquella otra, importada de los Estados Unidos, que hace de la educación un producto mercantil adquirible por créditos y convierte al graduado en una persona que ya terminó de comprar sabiduría. Pero no me ocupo de eso, sino de Teodoro.

En estos días le están celebrando en Trujillo, Perú, no sé si treinta, cuarenta o cincuenta años de hacer literatura, aunque yo le calculaba un poco más de cien.Y ese es el pretexto para confesar algo que muchas veces le he dicho a Teodoro, pero que él, con su modestia habitual, no quiere repetir. Las virtudes que algunos (amigos) celebran en mi prosa tienen su origen en la generosidad desbordante de este querido cómplice mío.

Cuando yo era un chico de 16 años, colmado de pelo, de ilusiones y de malos versos, fue él, quien se tomó el trabajo de leer lo que yo escribía, de aplaudir algunos fáciles logros de mi pluma y de llevarme la mano para que corrigiera lo que debía corregirse. O sea, casi todo."La tarea del buen escritor no consiste tan sólo en llenar papeles, sino en tener la valentía de borrar y hacer desaparecer textos enteros cuando aquellos están de más." Eso es lo que me dijo Teodoro, y creo que por eso me he pasado más tiempo borrando que escribiendo.

Lo que queda de ello es lo que más me gusta y lo que espero que les guste a los demás como a mí me gusta. El año en que yo entraba a la universidad, Teodoro, tal vez diez o quince años mayor que yo, me había convocado junto a otros muchachos para formar un grupo literario que llamamos "Trilce". La verdad es que nunca he conocido un grupo de gente tan ilusa ni tan generosa.

En el ambiente del Trujillo de entonces, éramos un grupo de locos que se alentaban los unos a los otros para asumir lo que el filósofo Antenor Orrego llamaba un mandato de la tierra y del destino. La vida ha hecho que nos encontremos sin darnos cita en los lugares más remotos de este planeta. La esposa de Juan Morillo Ganoza descubrió que la dama que preparaba la comida cantando en la ventana de enfrente de su casa en Pekín era la esposa de Teodoro. Por mi parte, me choqué con él en el Teherán desbordado de la revolución contra el Shah, y supongo que también ha de ser de casualidad cuando nos encontremos allá arriba, después de después. Los días de Acción de Gracias, aquí en Estados Unidos, se me hacen muy breves para recordar tanta bondad como la que recibo todos los días, y ahora que ha llegado la tarde, no termino de dar las gracias por la gracia de tener amigos. Tomado de CORREO DE SALEM



MURAL ARTÍSTICO DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE TRUJILLO

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En la década de los ochenta la Universidad Nacional de Trujillo no contaba con un cerco perimétrico, sólo había una fila de árboles frondosos que en su momento fue antro de robos y violaciones.

Había la necesidad de construir, pronto, un muro de ladrillo para la seguridad de la población universitaria. Sin embargo al poco tiempo de ser erigido el muro fue pintarrajeado con lemas, consignas, como si fuesen pizarras para campañas políticas.

Fue entonces que surge la idea de darle un decorado artístico.

Inicialmente la Escuela de Bellas Artes de Trujillo, presentó algunos proyectos de pintura, pero la pintura es perecible y no sólo se deteriora, sino también es muy costosa. En cambio el mosaico tiene la ventaja de eternizarse, por ser arcilla vitrificada.Fue entonces que emprendieron el proyecto el año 1991, con la dirección de Rafael Hasting, un artista famoso de trayectoria internacional.

A fines de 1992 pegaron los primeros mosaicos de un cm. cuadrado cada uno, previamente, trabajado y refilado.La meta final del artista Hasting es llenar los tres Km. cuadrados de extensión del muro universitario, con treinta millones de mosaicos.Hoy en día han culminado un 85% de la obra artística empezado hace 14 años. Ello ha significado un trabajo de mucho sacrificio, de toca puertas, de rechazos; sin embargo los artistas siguen en la brega esperando culminar los próximos dos años.

Al finalizar el proyecto, la inversión, calcula el artista Hasting, será de dos millones de soles aproximadamente. Esto invertido en artesanos, cerámica, y el artista.Los críticos de arte consideran que es la obra más hermosa, y grande del mundo. Es una enorme partitura y una belleza que cada vez que uno transita encuentra cosas distintas. Hay un movimiento. Es una pintura en verdad. Ojalá que con el tiempo se convierta en el centro de atracción turística de la región y del país.

EL DISCIPULO DE CERVANTES: BRYCE ECHENIQUE

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Muchos jóvenes conocen la trascendental vida de don Miguel de Cervantes Saavedra, así como su monumental obra: “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”; donde consigue parodiar los libros de caballería y describir la gigantesca lucha entre el idealismo, cuyo papel protagónico recae en Don Quijote, y el materialismo protagonizado por Don Sancho.

Mi objetivo no es extenderme en el análisis de la vida y obra del maestro, sino, relatar la gran influencia quijotesca que tuvo, particularmente,en el gran novelista peruano, Alfredo Bryce Echenique. Bryce nos cuenta_ en su producción periodística “Crónicas Perdidas” de la Editorial Peisa, 2001_ que desde muy pequeño y probablemente antes de aprender a leer y escribir se dedicó a la literatura. Quizá el tiempo que un amante de la literatura se dedica a escribir y a leer. Suena incrédulo, pero se pasaba horas tras horas en la oscuridad de su cuarto, sobre su cama, creando historias, fantaseando con las vidas de sus amigos. Historias que más adelante le servirían para hacer sus primeros pinitos literarios.

Un día de primavera, cuando _Bryce_ finalizaba el quinto año de educación secundaria, y conversando largo y fluidamente con su profesor acerca del placer que sentía al fantasear con personajes reales, y que luego las convertía en historias irónicas, su profesor le hizo conocer que no era ni un loco ni un excéntrico Bryce, como decían sus amigos; sino un colega absolutamente inédito y sin obra, claro que sí, pero colega al fin y al cabo de don Miguel de Cervantes Saavedra. “Saqué orgullo y pecho nos cuenta-Bryce-pero no arranqué por Don Quijote sino por ‘La vida de Don quijote y Sancho’ de Miguel de Unamuno”. Libro admirable, que no pudo olvidar y gracias al cual, no ha vuelto a parar de leer en su vida.

Al terminar de leer ese libro de Unamuno, Bryce nos cuenta que su vida ya no fue la misma. “Había llegado la hora de leer al Quijote”. A los 18 años el autor de “Un Mundo para Julius” había leído y releído dos veces El Quijote de Don Miguel de Cervantes. La relectura de esta catedral obra “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” ha coincidido con el proceso de gestación o de escritura de algunas de sus obras. Aunque asegura-Bryce-que no siempre relee todo. Tiene sus preferencias. Sus capítulos. Tal es así que cuando escribía su obra que lo consagró como escritor: “Un Mundo para Julius”, releía el Quijote, un libro divertido, rebosante de comicidad y humor, con el ideal clásico de instruir y deleitar.

Es justo citar textualmente a la escritora española Ana María Coux, que declaró, en 1987 por la semana de autor, lo siguiente: “Estas obras de Bryce Echenique (incluyendo “El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz”) se insertan en la tradición novelística cervantina… Las novelas de Bryce son como las cervantinas, irónicas y cómicas, novelas con humor. Si Don Quijote parodia al caballero andante, que resultaba a ojos ajenos la encarnación de la locura de su época, el loco melancólico Martín Romaña encarna, también al loco moderno, al neurótico profundo”.

Queda comprendido, en resumida cuenta, que Alfredo Bryce fue uno de los miles de lectores adolescentes, que cautivado por las aventuras caballerescas y la maestría narrada por don Cervantes, descubrió su vocación y le cambió la vida. Hoy en día se dedica, a tiempo completo, a fabricar historias para contarlas, con la ironía y la ternura que le caracterizan y la prosa inigualable a las que nos tiene acostumbrados.

A los jóvenes que nos gusta la literatura, no sabemos cual de las muchas obras nos marcará para siempre. Aunque probablemente sea Don Quijote y aún no lo sabemos, habrá que leerlo.

LA PERRICHOLI

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Una de las mujeres más asediadas de finales del siglo XVIII, que removió los cimientos de palacio de gobierno, conquistando el corazón del Virrey Don Manuel de Amat, fue Micaela Villegas, apodada “La Perricholi”. Se enamoraron perdidamente, tuvieron un hijo, juntos. Finalmente se separaron el virrey retornó a España y la Perricholi, abandonada, se casaría años más tarde.

Doña Micaela Villegas, nació en 1748. Desde niña se veía atraída por los perfumes, los rubíes y los vestidos elegantes que sólo pocas mujeres de la aristocracia limeña tenían el privilegio de lucirlas.

El teatro era su pasión. Cuando tenía doce o trece años se pasaba horas o días enteros actuando y fantaseando frente al espejo. Soñaba ser una distinguida actriz limeña. Ya por los años 1761, Micaela debutó como comediante en el teatro. La mozuela quedó presuntuosa por su actuación; y el público, complacido lo laureó con aplausos y elogios, desde entonces nunca más dejó de actuar en el teatro.

A los 20 años, su talento, elegancia y elocuencia habían convertido a la doncella Micaela en una verdadera actriz de teatro. La notable clase limeña quedaba impresionada por su distinguida actuación. Todos los días el teatro se abarrotaba de público. Los buenos comentarios que hacían de la joven Micaela llegaron inmediatamente a los oídos del Virrey Manuel de Amat. No se aguantó de la curiosidad, y empezó a frecuentar el teatro “La Comedia”. Quedó prendado por su gracia, su chispa y su natural gallardía. A los pocos días la mandó llamar a Palacio. Todos los días se frecuentaban, nunca se supo cuando formalizaron su relación amorosa.

El teatro “La Comedia” “era uno de los lugares oficiales a que se debía acudir con respeto y expectativa” entre ellos generales, capitanes, poetas, catedráticos,… Muchas de las mujeres de los citados arriba, desdeñaban el trabajo de Micaela. No les parecía bueno. La envidiaban. “Ni gracia tiene… Mira como alza la pierna para que se la vean”- decían entre dientes. A finales del último decenio (1769), doña Micaela trae al mundo un robusto bebé muy parecido a su padre el Virrey Amat, le llamaron Manuelito. Este hijo reforzó su relación por un tiempo. Hasta que una noche de verano, en la alcoba de la pareja, sucedió un altercado entre Micaela y Virrey. Éste intentó calmarla por todos los medios, no lo consiguió, solo atinó a increparle “Basta ya, basta ya tu no eres más que una desagradecida Perricholi, eso es lo que eres tu”. Otro día en plena actuación La perricholi fue ofendida por su director, no le gustó, tiró al piso todo lo que encontró en su enrededor. El público reaccionó contra el Virrey, lo miraban con malos ojos y gritaban “¡Fuera la cómica! ¡A la cárcel!” Este fue motivo de su separación, de casi 2 años.

Ninguno daba el brazo a torcer. “La perricholi” continuó trabajando en el teatro. Entre tanto, el Virrey Amat perseguía contrabandistas, azotaba jesuitas y espantaba políticos… Un día, el Virrey Amat, perturbado por su soledad, fue a donde la perricholi, le pidió perdón y regresaron, pero la relación duró poco tiempo, ya que en 1776, el Virrey fue reemplazado en el virreinato del Perú por don Manuel Guirior. Don Manuel de Amat regresó a España.

La Perricholi pasó varios años de abstinencia, de espera. Manuel de Amat nunca regresó. Su hijo, adolescente viajó a España. Su madre quedó sola en Lima, pero conoció a un hombre “emprendedor, muy entendido en achaques teatrales”, de nombre Vicente Fermín de Echarri. En 1788, la Perricholi contrae matrimonio con Echarri. Desde entonces llevan una vida tranquila, y dedicados al arte. Ambos amaban el teatro. Lastimosamente años más tarde la salud de Echarri se torna muy frágil e inevitable y fallece en 1807.

Nunca Olvidó aquellos buenos tiempos del Virrey Amat. Tiempos en que fue objeto de admiración, de aplausos, de envidia. Sus sueños los hizo realidad. Pero de ellos sólo le quedarían recuerdos, nada más que recuerdos. Muere en 1819. Así escribirían los diarios limeños: “Ayer enterramos a la Perricholi”. Otro decía: “El 16 de este mes (mayo) murió ejemplarmente la Mica Villegas, alias la célebre cómica Perricholi”.


NOCHES DE PLACER

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Diez y media de la noche y Juan Pérez recién sale de su trabajo. Tiene que cruzar algunas calles del centro histórico de Trujillo para tomar el último vehículo que lo desplazará a su domicilio. Al trote pasa por el mercado central de Trujillo, medio desapercibido y preocupado, seguramente porque le esperan con la cena fría o tal vez ni la cena encontraba.


De pronto un hombre alto, desteñido, de rostro enjuto le aborda, en media calle, a Juan Pérez y le pregunta en qué lugar de Trujillo podía descargar sus deseo sexuales, ya que había tenido un largo viaje desde Argentina y quería relajarse un rato: “¿Che pibe, conocés un lugar donde pueda ‘culear’ esta noche?”. Un poco desconcertado Juan Pérez le responde: ¿observas aquella chica de minifalda, que globea cínicamente en cada instante y mueve su bolso en dirección de las agujas del reloj? “Sí, che pibe”, le responde con una alegría desmedida el argentino. Esa es una ‘culeadora’, como la llamas tú, le dijo y continuó adelante.

Situaciones como la de Juan Pérez debe suceder a diario en el centro de Trujillo. Convirtiéndose ésta, de repente en, ya no en la capital de la cultura, sino, en la capital del comercio sexual. La prostitución es considerada como el oficio más antiguo del mundo y Trujillo no escapa al ejercicio de esta actividad. Se halla en pleno centro histórico, de una manera clandestina, y nadie hace algo por erradicarlo, pese a que existen riesgos en contra de la salud pública.

Esta actividad se ha convertido en nuestra ciudad como parte de una cultura nocturna basada en el negocio y el placer sexual. Los ciudadanos noctámbulos se ven diariamente molestados por estas trabajadoras sexuales que ofrecen una orgía sexual por unos cuantos billetes de veinte o treinta soles. Estas vendedoras de sexo se concentran a diario desde las nueve o diez de la noche. Todo depende si es principio de semana o fin de semana.

Los fines de semana la demanda es alta. Hay clientes que forman su cola, se dan su vueltita por la plaza de armas, mientras atienden al último parroquiano. No tienen descanso, están coito, coito y coito, toda la noche. En cambio los primeros días de la semana si que descansan. Todo este negocio del placer sexual se concentra, principalmente en las inmediaciones del Mercado Central: entre las esquinas de Jr. gamarra y bolívar, también entre el Jr. ayacucho y gamarra. Después, entre el Jr. junín con ayacucho, y entre el Jr. bolívar y junín, ya a las 2 de la mañana emprenden la retirada, seguramente agotadas pero felices porque finalmente consiguieron su objetivo: don dinero. Un dato más.
En Trujillo existe un alto riesgo de contagio de enfermedades venéreas y las prostitutas constituyen un foco infeccioso innegable y potencial. Conforme a los datos estadísticos de la Dirección Regional de Salud Pública, el año 2004 hubo 106 casos reportados de SIDA Y VIH en La Libertad (SIDA 38 y VIH 68). La provincia de Trujillo reporta la mayor cantidad de casos con 70.75% (75/106) del total regional y el distrito de Trujillo con 53.3% (40/75) del total provincial.

LAS FERIAS DE LIBROS EN TRUJILLO

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Un día, casi desesperado, salí de mi casa con dirección a la feria de libros en el centro de Trujillo. No era para menos, pues había estado leyendo las “Crónicas Perdidas” del célebre escritor Bryce Echenique, cuando sin pena de los lectores, que ignoraban, citó una serie de bellos libros literarios. Mencionó a “Ulises”, de Joyce; “El Hombre sin Cualidades”, de Musil; “La Guerra y la Paz”, de Tolstoi; entre otras novelas.


Yo conocía sólo por cultura general de la existencia de estas obras monumentales, pero aún no me había deleitado de su lectura.

Recuerdo que al salir de mi casa divisé a la distancia una combi. Alcé mi pulgar derecho, paró en seco y subí. Adentro el ambiente era cálido y hediondo, y en la medida que avanzaba la combi, aumentaba la hediondez. Despedían unos olores capaces de asfixiar a cualquier pasajero. Sino se desmayaban era porque no quería ser socorridos por los apestosos pirañitas que iban a nuestro lado. Yo no sabía por dónde refrescarme de aire fresco, las ventanas estaban selladas. Era tan insoportable, que los pasajeros respetables bajaron en grupo en el siguiente paradero, yo no fui la excepción. Bajé dos cuadras antes de lo previsto, en la avenida los Incas.
Caminar solo por estos lugares era peligroso, porque reinaban la delincuencia: 'choros' enchavetados, fumones locos, hasta estafadores de incautos. Era la calle más peligrosa de la ciudad. Ahí bajé solo. Opté por caminar. Era medio día y el sol estaba en el clímax de su resplandor; así como en su clímax estaba la congestión vehicular.En realidad los “clacsons” y los motores vehiculares no me fastidiaban. Quizás porque mi afán por los libros opacó totalmente cualquier otro interés.

Llegué a la primera feria, me llamaron con una voz estentórea: “¿casero que te vendemos?” “¿Casero?”, pero caseros les dicen a todos aquellos que visitan permanentemente la “Casa Verde”, o mejor dicho, con el perdón de los lectores, la casa de la ‘putería’. Yo, indignado por semejante ofensa- ceñí la frente y no quise entrar; pero no podía resistirme a palpar esos libros guardados en los anaqueles oxidados.Tímidamente ingresé a la feria, me preguntaron: “qué obra estás buscando”, de inmediato les dije: “El Hombre sin Cualidades”, de Musil. “¡Qué…!”, me respondió intrigada la vendedora gorda de piel bronceada. “Estoy buscando ‘El Hombre sin Cualidades’, de Musil” - le repliqué. “¿Acaso es sorda?, musité. Frunció el seño, miró alrededor de los estantes y atinó a decirme que esa obra no la tenía.

Pregunté por “Ulises” de Joyce, tampoco lo tenían. Casi resignado caminé un poco más al fondo de la feria, más o menos por donde los libros están casi botados y en el olvido. Le pregunté a la librera más antigua: “¿señora es usted la dueña?”, me respondió que sí, pero que la señorita de afuera me podía atender, porque ella andaba ocupada. Volví replicar: “pero señora su empleada dice que no tiene las obras que yo la he pedido.“¿Tendrá “La Guerra y la Paz” de Tolstoi?”, le pregunté de por última vez. “Por supuesto que la tenemos”, me dijo enérgicamente.

“¿Puedo revisar la obra?”, le pregunté. De inmediato con una voz estridente gritó: ¡Josefinaa…! Enséñale “la Guerra y la Paz”. “¿Enséñale?”, musité. De inmediato pensé que esta fulanita me iba a armar la guerra, tal vez me iba a votar a librazos de la feria. Motivos no le faltaban, me había quejado con su patrona, y probable la despidan, todo por mi culpa. Sentí escalofríos.

Me acerqué temerosamente a la muchacha Josefina. Se tardó en encontrarlo. Al rato me alcanzó el libro, con gestos despectivos. “Ah es esa editorial, a ese libro le faltan hojas, o repite páginas completas. ¿No tendrás, ediciones más anteriores?”, le pregunté intrigado. “No joven solo tenemos éste”, me respondió tragándose las salivas porque lo había hecho empolvarse las manos en medio de esos libros apolillados, para colmo no le compré, seguramente me empezó a odiar y para siempre. “Gracias”, le dije y sólo atiné a retroceder.

Salí decepcionado.Con las manos en el bolsillo, sobre todo para prevenir cualquier sorpresa de desfalco, me dirigí a la siguiente feria de libros. Ésta era más pequeña que la anterior. Sólo tenía un ambiente. Sus estantes estaban llenos, diría yo repletos de libros.Esta vez ya no pregunté al ayudante, sino al dueño, me respondió con claridad que no le sobraba ningún libro de los solicitados.

A lado de esta feria había otra, era la última. Ingresé me atendió un hombre que más parecía una dama, motivos no le faltaban: tenía cabello largo y rubio, y pronunciadas sombrillas en los bordes de sus ojos. Sus expresiones, sus gestos eran afeminados. Sin embargo, tenía una cara de buldog degollado. Más feo que el patito del estanque.“¡Hoola casero...!, ¿qué libros estás buscando?”, me preguntó.Otra vez esa palabra, me dije, yo le tengo pavor, no quiero ni pensarlo, casero es el que visita frecuentemente aquel burdel de el Milagro, pensé furioso.

Esta vez le alcancé la lista de las obras, los leyó detenidamente, al rato me dijo: Temo decirte casero, pero estos libros que buscas no los vendemos. “Entonces para qué los tienen”, le respondí alterado. Ella, o mejor dicho él me dijo: “estos libros sólo los alquilamos para que lo fotocopien”.¿Acaso no hay nadie en esta ciudad que tenga estos libros? Salí decepcionado de estos lugares buenos para nada. “Tendré que viajar a Lima”, me iba pensando.

Cuando había avanzado unas cuadras de regreso a mi casa, me acordé que un amigo amante de los libros me dijo que en 'Tacorita' vendían libros de toda calidad: usados y bien baratos. “¡Aguanta!”, pensé, ¿'Tacorita'? ¿Ir solo? ¡Solo no entro ni a bala…! especulé. Ese lugar está lleno de ‘rateros’ los más conocidos del mundo del hampa. En esas calles de nadie, sólo el más fuerte sale librado de ese submundo de delincuencia.Lo pensé dos veces y esas dos veces “mi solitaria” devoradora de libros, como decía Don Vargas Llosa, me inducían a caer en la tentación de ingresar. De modo que maniobrado por esos antojos de mi solitaria me arriesgué y caminando me dirigí hasta la entrada de esta tierra de nadie, donde cualquiera está propenso a las voluntades de los individuos que están al acecho de su mejor presa.

A mi costado había un niño harapiento que ofrecía sus periódicos; a mi otro costado, una jovencita de palabra triste, expendía marcianos descongelados; otra señora regordeta medio sucia ofrecía su “leche de tigre”. Y como fondo musical se escuchaba el canto de las divas: Sonia Morales y Dina Paucar.

Era un caos bullicioso.De pronto, al hacer mi ingreso triunfal en medio de ese gentío, sentí que alguien me agarró de los dos brazos hacía atrás, con una fuerza descomunal. Creí que era algún amigo que estaba bromeando. Volteé la cabeza y miré sobre mis hombros, era un negro que me escupía al hablar. Me amenazó cortarme el cuello si hacía algún movimiento en falso.Hice un poco de fuerza para zafarme pero este negro tenía la fuerza de diez elefantes.

Mientras pedía auxilio alguien de aspecto desagradable se acercó y metió sus manos sucias a mis bolsillos, sacó mi billetera, se dio el lujo de buscar con toda la paciencia del mundo el dinero ahorrado para mis libros, sacó mi dinero, y botó mi billetera.De nada valió haber pedido auxilio, la gente sólo me miraba estupefacta. No había solidaridad trujillana.

Recogí mi billetera, mis documentos dispersos en el suelo, y emprendí la retirada. “Mil veces maldita este lugar de mierda, acá no hay seguridad. La vida no vale nada. Casi me cortan el cuello ¡carajo! Anonadado quedé… mi mente yacía en blanco. Alguien me llamó y me dijo:“¡Joven…! olvidaste recoger tu agenda, ¿Has traído a vender algo? Nosotros compramos cualquier cosa robada, o usada”. “No señor”, le respondí. Sólo vine a comprarme un libro.