Archive for mayo 2006

LO QUE LA VIOLENCIA SE LLEVÓ

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6.30 de la tarde y ya todo el plan estaba preparado para que un grupo de rebeldes izquierdistas volara en pedazos la central hidroeléctrica de Guayunga. La gente cercana escuchó la explosión, simultáneamente la ciudad quedó en completa oscuridad. El estruendoso ruido causó pánico. Los pobladores ante este hecho se apresuraron a regresar a sus domicilios en plena oscuridad. La luna permanecía oculta, como cómplice de este repudiable acto.

Minutos mas tarde, un grupo de senderistas emprendían desde el cerro Guayunga- sitio donde acababa de explotar la central hidroeléctrica- cuesta abajo con dirección al pueblo. Estos facinerosos encubiertos se habían armado hasta los dientes de pura munición. No le temían a nadie.

A las 7 de la noche el pueblo, junto con los pocos policías temblaba de miedo. El grupo de izquierdistas hacían de la suya mientras predominaba el silencio y la oscuridad. Causaban violencia, amenazaban y se retiraban airosos. Eran los dueños de la noche. Nadie, ni la policía nacional podía controlarlos.

Mientras avanzaban a paso tendido a la luz de sus linternas, a pocos metros, quizás 200, un grupo de jóvenes conversaban amenamente en la berma de la casa de una de las abuelas de jóvenes. Hablaban de una fiesta patronal, decían que de regreso a casa un camión de pasajeros se había desbarrancado. Los resultados de esta volcadura una veintena de heridos. Fue en ese momento que uno de los muchachos puso atención a los pronunciados pasos de estos feroces hombres.

Intentaron esconderse para curiosear quienes eran aquellas personas que se aproximaban tan misteriosamente con sus linternas apagadas. Pero ya era tarde. Todos los chicos, hasta un niño que intentaba cazar una luciérnaga para alumbrarse, fueron acorralados y amenazados de muerte si no cooperaban. Eran unos hombres de negro, con enormes botas y pasamontañas, apenas los ojos se dejaban ver.

El niño de nueve años se asustó e intentó ingresar a la casa para dar aviso a sus padres. Pero alguien ya estaba en la puerta apuntándole con un arma en la cabeza. En escasos minutos les tenían a todos desde el padre hasta el menor de la familia pegados en la pared, con las manos en la nuca.

Las manos del pequeño le temblaban como aquel que sufre el mal de parkinson, su dentadura rechinaba entre si, y sus lágrimas chorreaban a borbotones. Instantes después, todos yacían en el piso, boca abajo, Mientras tanto, estos hombres que había explotado la planta eléctrica minutos antes, llenaban provisiones de la pequeña bodega de la abuela.

Al escapar se llevaron al pequeño niño para que no den parte a la policía de lo ocurrido y todo quede impune. El niño preguntaba y repregunta a qué lugar le llevaban. Sólo atinaban a decirle que no mencione, por ningún motivo, en qué dirección escaparon, porque regresarían y le cortarían la lengua para que jamás hablase.

El niño los creyó y prometió no abrir la boca. Regresó a casa, le abrazaron sus padres y hermanos. Recién decidieron dar parte a las autoridades policiales. Éstos le preguntaron en qué dirección escaparon, el niño no decía nada. Mantenía firme su promesa. Pero más temía a que le cortasen la lengua.

Han pasado 15 años y sigue siendo el niño de nueve. Tiene el cuerpo de un adolescente y la mente de un niño. Su desarrollo emocional y mental se truncó en aquel atraco. Sufre un trauma que hasta la actualidad no lo ha superado. Estos feroces hombres armados también se habían robado una parte del niño.

RECUERDOS DE LIMA

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De pronto desperté aquél otoño en medio de una ciudad gris. Mi primera impresión: una ciudad congestionada de vehículos con ruidosos cláxones, que de no ser por la compañía de Linda, hubiera regresado inmediatamente a Trujillo.

Me refiero a Lima, la "Ciudad de los Reyes", o mejor, como le llamaría Sebastián Salazar Bondy: “Lima la horrible”. Como gusten llamarla. Antes, de Lima sólo había escuchado fugazmente, quizás había leído en algún libro de literatura o historia, pero aquella vez de otoño, por primera vez pude percibir el smog de las grandes fábricas, el polvo de los arenales, el hambre de los miles de mendigos y el perfume tenue de aquellos tiempos de la “Perricholi”. Caminé de la mano de mi enamorada Linda. Estuve en Ventanilla, un distrito cuya población pide a gritos: trabajo, inversión, educación y salud… Caminar por esos cerros arenosos me ayudó a comprender la situación en la que vive un grueso de pobladores migrantes del campo a la capital.

También me desplacé por el distrito de Comas, cuyos habitantes cuentan con mayores ingresos económicos, en relación con los de Ventanilla. Sus calles son asfaltadas, tienen servicios básicos y por lo menos reciben un sueldo digno…

En el Centro Histórico paseamos, durante casi dos horas. Las casonas coloniales, sus terminados arquitectónicos, me impactaron sobremanera.

Al caer el sol, Linda observó, desde la Plaza Mayor, el cerro San Cristóbal. De pronto su expresión en su rostro cambió. Un poco misteriosa, sin darme explicaciones, me jaló de la mano y me dijo: “abordemos aquel microbús”.

Acomodados en el vehículo, éste empezó a rodar al instante, como si únicamente a nosotros nos hubiera estado esperando. Mientras tanto una mujer de aspecto enjuto, rubia y joven, empezó a afinar su voz como si fuese a cantar. -Señores turistas- comenzó saludando, y empezó a explicarnos, sobre Lima, importantes acontecimientos de su creación, desde la llegada de Francisco Pizarro hace más de 400 años, hasta la época de la Perricholi.

Precisamente de esta última mujer me acuerdo más, porque nos narró una historia poco común, que sólo sucede en la ficción. Un virrey se enamora de una nativa provinciana. No era para menos la “Perricholi” tenía su encanto.

Según nuestra guía, el virrey, desde la primera vez que la vio, quedó prendado de su belleza, hasta que empezó a cortejarla. Un día el virrey le propuso matrimonio, pero la “Perricholi”, astuta, le pidió un imposible: “El día que coloques a la Luna bajo mis pies, ese día seré suya”, le indicó pensando que era imposible.

Sin embargo para el virrey no había imposibles. Empezó a preguntarse una y otra vez cómo demostrarle que sí es posible bajarse a la Luna. Tanto darle vueltas al asunto, se le ocurrió una idea excelente. Sólo tuvo que esperar la puesta del Sol y empiece a resplandecer la Luna para demostrar a su mozuela que efectivamente la Luna se ubicaba bajo sus pies.

Desde el segundo piso de su antigua casona, le dijo mirándola a los ojos y estrechando sus manos: “Me habiaís pedido traerme a la Luna bajos tus pies, pues ahí lo tienes, señalando el reflejo nítido de la luna en la piscina de su patio” Poco tiempo después se convertirían en amantes…

La guía de turismo continuaba explicando, pero el autobús arribó a la cima del cerro. Al pie de la cruz. Todos bajamos. ¿Cuál era la sorpresa? Le pregunté a Linda, bajando del “microbús”. Eso me dijo, señalando el panorama nocturno de Lima, una ciudad de colores cuyas tonalidades distinguían a cada distrito formando figuras amorfas. Miramos a los cuatro puntos cardinales, era una contemplación profunda a la belleza nocturna urbana.


De retorno a Trujillo divisé por última vez aquel cielo gris y triste de la capital. Y nuevamente volví a cerrar los ojos hasta llegar a Trujillo.