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Mi primera vez

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Acabo de cumplir 20 años y todavía no sé que es hacer el amor, un beso apasionado o una declaración de amor. Tal vez suene risible pero nunca me acosté con nadie. Quizás la razón sea porque soy extremadamente tímido.

Eventualmente he practicado frente al espejo muchas declaraciones de amor. He imaginado a chicas muy bellas, naturalmente fuera de mi alcance, como por ejemplo modelos o reinas de belleza que me escuchan atentamente a cada frase agradable.

Sin embargo, a la hora de la hora, cuando he tenido la oportunidad de acercarme a mujeres bellas, ellas me miraban tan desconcertadas, al extremo que yo perdía la concentración. Tantas veces mi timidez me ha traicionado que mis sentimientos se han desvanecido como la esencia de un perfume, y no he sabido qué hacer.

Durante los últimos años mi situación no ha cambiado en nada, esto me ha obligado a terminar con el sueño de expresarle mi amor a alguien, y más bien he decidido que, en vista de que a mi edad aún no he intentado explorar en terrenos sexuales, pronto tendría que debutar en un chongo o prostíbulo, de lo contrario me volvería loco. De modo que haré sexo, por primera vez, con una prostituta para satisfacer mis demonios sexuales.

Con alguna de ellas estoy seguro no me pondré nervioso, primero porque seré un desconocido, y segundo, le pagaré. A ella no tendré que hablarle de mis sentimientos. Por lo menos me tiene sin cuidado.
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Bueno, ya no tendré que esperar más tiempo. Hoy es el día. Son las cuatro de la tarde, y voy en camino al burdel, acompañado de un caserito que no deja de hablarme sobre las furcias que hay allá. No sé si falta harto o poco para llegar pero ya tengo ansias.

A la distancia pude divisar unas luces de colores y le pregunté ingenuamente al caserito de mi amigo ¿Qué era ese lugar? El me respondió “El burdel pes sanazo”.

Ingresamos y comencé a ver muchas chicas en toples. Este lugar sí que es bueno, amplio y relativamente acogedor. Tiene dos comparticiones, en la primera hay mujeres veteranas, con mucho kilometraje. En cambio en la segunda, están las más asediadas: trigueñitas, morochitas, flaquitas, gorditas, en fin para todos los gustos.

Bueno, ya dimos muchas vueltas. Creo que debo escoger a una de las doncellas que se frotan sus posaderas en el filo de la puerta con una sensualidad torpe pero efectiva.
Llaman la atención con sus expresiones faciales, parece que devoraran a la distancia.

Las luces tenues hacen más oscuro el lugar. A mi parecer más interesante.

El perfume que utilizan es intenso, a ratos, insoportable. En muchos de los parroquianos quizás despierte sus deseos más íntimos, en mi caso no sucede lo mismo.

Después de merodear una decena de veces a cada una de estas chicas, y observar que a este lugar no sólo asisten jóvenes solteros y solitarios, sino casados, viudos, ancianos, y para no marginar minusválidos, me llamó la atención una charapita cuyo nombre era Rubí, preciosa como un diamante.

Tiene la piel trigueña, cabello rizado, labios finos y mirada seductora. A principio no cabía en mi cabecita, por qué esta belleza de mujer se dedicaba a este oficio sin beneficio moral. Era como una miss, reunía las condiciones para trabajar en cualquier oficio digno. Creo que se había convertido en víctima del señor dinero.

Entre mí, solo me decía “así es la vida”. Apenas había cerrado la la puerta y casi me abalancé encima de ella como un toro feroz. Pero me detuvo de facto.
-Págame- me dijo.
Le pagué y continuamos.

UN VIAJE A LOMO DE YEGUA

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Foto: cortesía de transportesamaro.com
Cuando yo era niño me gustaba hacer largas caminatas, escalar cerros empinados y recorrer los ríos profundos que había en aquel pueblo lejano.

Estas aventuras las hacía con mi familia durante la madrugada, momentos cuando la luna resplandecía, y los perros todavía dormían en su lecho; otras oportunidades, después de las 8 de la mañana, cuando apenas el sol asomaba detrás de la cordillera, destino al que nos dirigíamos.

Los recuerdos más emotivos son aquellas mañanas, en las que Chayito, una prima mía, alegre y encantadora aparecía repentinamente en mi cama y me llamaba al oído:
– Lobelto…! Lobelto despierta..!, vamos a Chiyacanday a comel cañas y a cashal palomitas...

Yo apenas escuchaba “cazar palomitas” y me emocionaba profundamente, aunque sabía que era estrategia de la tía Elena para llevarme a sus fundos y hacerme trabajar gratis. Eso no me importaba, yo quería aventuras como don Quijote, el personaje de Cervantes. Me levantaba presuroso de la cama y acomodaba mi fiambre. Llenaba mi alforja con bastante pan, despues me despedía de mamá. A las 8 de la mañana comenzábamos la caminata. A pocos metros de la casa comenzabamos a subir el estrecho camino de herradura. Pero antes me encomendaba a San Judas. A decir verdad yo era muy creyente.

Cada cierto tramo durante la cuesta nos deteníamos para descansar, en especial yo, porque mi prima la Chayito ni una gota de sudor siquiera despedía, pues se desplazaba a lomo de bestia, yo era el único que sudaba la gota gorda.

Después de todo había cosas rescatables, por ejemplo nos sentábamos sobre cualquier madero, a la mitad del cerro y saciábamos nuestro apetito interior, observando el amplio paisaje natural que se extendía alrededor de aquel pueblo lejano. La verde vegetación la embellecía, parecía un cuadro de arte. Además podíamos divisar la casa de mamá y la de mi abuela. En realidad me invadía una alegría inmensa.

Más arriba, a escasos minutos de llegar al tan esperando fundo, teníamos que pasar por el cementerio del caserío Chillacanday. Debo ser franco nunca me agradó acercarme a estos lugares misteriosos. Antes de cruzar el cementerio yo siempre me agarraba de la mano de la tía Elena y evitaba respirar ese ambiente fúnebre, a muerto.

Al finalizar el cementerio, comenzaban las tierras del fundo. Los peones sabían con anticipación que llegaríamos con los pollinos de carga para las cosechas de maíz. Estos hombres poco agraciados, de muelas amarillas y rostros demacrados, tenían la costumbre de concentrar energías antes de realizar la tarea. Extendían la coca sobre sus muslos y escogían las hojas más grandes. En cuestión de minutos el jugo verdoso de la coca se les escurría por los labios. Les hacía muy fuertes. Machos. Parecía que otra vez se les devolvía la juventud a estos añosos hombres.

Mientras tanto, Chayito y yo saltábamos y corríamos esas laderas como dos cabritos inquietos. El monte era nuestro refugio. Nos escondíamos detrás de unas hojas grandes para cazar palomitas, pero nunca encontramos un nido o algún pinchón herido siquiera. Volvíamos a la hacienda plagados de tristeza.

Al cabo de las 5 de la tarde los peones cargaban el maíz de la cosecha sobre los pollinos y emprendíamos el retorno a la ciudad. A las 6 y 30 de la tarde, oscureciendo, bajábamos el camino sinuoso a filo de montaña. Esta vez yo iba a bordo de la yegua. Desde el lomo miraba hacia abajo y era un abismo, en las faldas discurría un río caudaloso. “Un resbalón y no salgo vivo de esta”, pensaba. Mejor me bajo de la yegua cavilé. En esos momentos cuando iba a pedirle a uno de los peones que me bajase de la yegua, ésta resbaló repentimante hacia el abismo y caí primero a la ladera. Rodé y rodé, daba vueltas, volantines, cerré mis ojos mejor, porque la tierra se movía ligeramente. Escuché algunas voces de la Chayito, de la tía, de los peones, recordé los bonitos momentos que pasamos juntos. Todo en un minuto. Dicen que caí al río, justo en un pozo medianamente profundo. Me encontraron después de 10 minutos en el fondo de éste, casi muerto. Ya no respiraba.

Cuando desperté ya habían pasado varios días. Dicen que estuve en estado de coma. Yo solo recuerdo que rodaba hacia el río, la tierra giraba conmigo, hasta que un fuerte golpe me di en la cabeza. Nada más. Después yacía en mi cama con el cuerpo lastimado como si me hubieran torturado con un palo.

Durante las noches, cuando, supuestamente todos dormíamos, yo no podía, me producía dolor y nostalgia. Duraba horas despierto hasta pegar las pestañas.
El tiempo me ha ayudado a olvidar esta situación poco agradable. Ahora es un recuero lejano, les cuento por si acaso algún día se me olvide y pase la página.

LO QUE LA VIOLENCIA SE LLEVÓ

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6.30 de la tarde y ya todo el plan estaba preparado para que un grupo de rebeldes izquierdistas volara en pedazos la central hidroeléctrica de Guayunga. La gente cercana escuchó la explosión, simultáneamente la ciudad quedó en completa oscuridad. El estruendoso ruido causó pánico. Los pobladores ante este hecho se apresuraron a regresar a sus domicilios en plena oscuridad. La luna permanecía oculta, como cómplice de este repudiable acto.

Minutos mas tarde, un grupo de senderistas emprendían desde el cerro Guayunga- sitio donde acababa de explotar la central hidroeléctrica- cuesta abajo con dirección al pueblo. Estos facinerosos encubiertos se habían armado hasta los dientes de pura munición. No le temían a nadie.

A las 7 de la noche el pueblo, junto con los pocos policías temblaba de miedo. El grupo de izquierdistas hacían de la suya mientras predominaba el silencio y la oscuridad. Causaban violencia, amenazaban y se retiraban airosos. Eran los dueños de la noche. Nadie, ni la policía nacional podía controlarlos.

Mientras avanzaban a paso tendido a la luz de sus linternas, a pocos metros, quizás 200, un grupo de jóvenes conversaban amenamente en la berma de la casa de una de las abuelas de jóvenes. Hablaban de una fiesta patronal, decían que de regreso a casa un camión de pasajeros se había desbarrancado. Los resultados de esta volcadura una veintena de heridos. Fue en ese momento que uno de los muchachos puso atención a los pronunciados pasos de estos feroces hombres.

Intentaron esconderse para curiosear quienes eran aquellas personas que se aproximaban tan misteriosamente con sus linternas apagadas. Pero ya era tarde. Todos los chicos, hasta un niño que intentaba cazar una luciérnaga para alumbrarse, fueron acorralados y amenazados de muerte si no cooperaban. Eran unos hombres de negro, con enormes botas y pasamontañas, apenas los ojos se dejaban ver.

El niño de nueve años se asustó e intentó ingresar a la casa para dar aviso a sus padres. Pero alguien ya estaba en la puerta apuntándole con un arma en la cabeza. En escasos minutos les tenían a todos desde el padre hasta el menor de la familia pegados en la pared, con las manos en la nuca.

Las manos del pequeño le temblaban como aquel que sufre el mal de parkinson, su dentadura rechinaba entre si, y sus lágrimas chorreaban a borbotones. Instantes después, todos yacían en el piso, boca abajo, Mientras tanto, estos hombres que había explotado la planta eléctrica minutos antes, llenaban provisiones de la pequeña bodega de la abuela.

Al escapar se llevaron al pequeño niño para que no den parte a la policía de lo ocurrido y todo quede impune. El niño preguntaba y repregunta a qué lugar le llevaban. Sólo atinaban a decirle que no mencione, por ningún motivo, en qué dirección escaparon, porque regresarían y le cortarían la lengua para que jamás hablase.

El niño los creyó y prometió no abrir la boca. Regresó a casa, le abrazaron sus padres y hermanos. Recién decidieron dar parte a las autoridades policiales. Éstos le preguntaron en qué dirección escaparon, el niño no decía nada. Mantenía firme su promesa. Pero más temía a que le cortasen la lengua.

Han pasado 15 años y sigue siendo el niño de nueve. Tiene el cuerpo de un adolescente y la mente de un niño. Su desarrollo emocional y mental se truncó en aquel atraco. Sufre un trauma que hasta la actualidad no lo ha superado. Estos feroces hombres armados también se habían robado una parte del niño.

RECUERDOS DE LIMA

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De pronto desperté aquél otoño en medio de una ciudad gris. Mi primera impresión: una ciudad congestionada de vehículos con ruidosos cláxones, que de no ser por la compañía de Linda, hubiera regresado inmediatamente a Trujillo.

Me refiero a Lima, la "Ciudad de los Reyes", o mejor, como le llamaría Sebastián Salazar Bondy: “Lima la horrible”. Como gusten llamarla. Antes, de Lima sólo había escuchado fugazmente, quizás había leído en algún libro de literatura o historia, pero aquella vez de otoño, por primera vez pude percibir el smog de las grandes fábricas, el polvo de los arenales, el hambre de los miles de mendigos y el perfume tenue de aquellos tiempos de la “Perricholi”. Caminé de la mano de mi enamorada Linda. Estuve en Ventanilla, un distrito cuya población pide a gritos: trabajo, inversión, educación y salud… Caminar por esos cerros arenosos me ayudó a comprender la situación en la que vive un grueso de pobladores migrantes del campo a la capital.

También me desplacé por el distrito de Comas, cuyos habitantes cuentan con mayores ingresos económicos, en relación con los de Ventanilla. Sus calles son asfaltadas, tienen servicios básicos y por lo menos reciben un sueldo digno…

En el Centro Histórico paseamos, durante casi dos horas. Las casonas coloniales, sus terminados arquitectónicos, me impactaron sobremanera.

Al caer el sol, Linda observó, desde la Plaza Mayor, el cerro San Cristóbal. De pronto su expresión en su rostro cambió. Un poco misteriosa, sin darme explicaciones, me jaló de la mano y me dijo: “abordemos aquel microbús”.

Acomodados en el vehículo, éste empezó a rodar al instante, como si únicamente a nosotros nos hubiera estado esperando. Mientras tanto una mujer de aspecto enjuto, rubia y joven, empezó a afinar su voz como si fuese a cantar. -Señores turistas- comenzó saludando, y empezó a explicarnos, sobre Lima, importantes acontecimientos de su creación, desde la llegada de Francisco Pizarro hace más de 400 años, hasta la época de la Perricholi.

Precisamente de esta última mujer me acuerdo más, porque nos narró una historia poco común, que sólo sucede en la ficción. Un virrey se enamora de una nativa provinciana. No era para menos la “Perricholi” tenía su encanto.

Según nuestra guía, el virrey, desde la primera vez que la vio, quedó prendado de su belleza, hasta que empezó a cortejarla. Un día el virrey le propuso matrimonio, pero la “Perricholi”, astuta, le pidió un imposible: “El día que coloques a la Luna bajo mis pies, ese día seré suya”, le indicó pensando que era imposible.

Sin embargo para el virrey no había imposibles. Empezó a preguntarse una y otra vez cómo demostrarle que sí es posible bajarse a la Luna. Tanto darle vueltas al asunto, se le ocurrió una idea excelente. Sólo tuvo que esperar la puesta del Sol y empiece a resplandecer la Luna para demostrar a su mozuela que efectivamente la Luna se ubicaba bajo sus pies.

Desde el segundo piso de su antigua casona, le dijo mirándola a los ojos y estrechando sus manos: “Me habiaís pedido traerme a la Luna bajos tus pies, pues ahí lo tienes, señalando el reflejo nítido de la luna en la piscina de su patio” Poco tiempo después se convertirían en amantes…

La guía de turismo continuaba explicando, pero el autobús arribó a la cima del cerro. Al pie de la cruz. Todos bajamos. ¿Cuál era la sorpresa? Le pregunté a Linda, bajando del “microbús”. Eso me dijo, señalando el panorama nocturno de Lima, una ciudad de colores cuyas tonalidades distinguían a cada distrito formando figuras amorfas. Miramos a los cuatro puntos cardinales, era una contemplación profunda a la belleza nocturna urbana.


De retorno a Trujillo divisé por última vez aquel cielo gris y triste de la capital. Y nuevamente volví a cerrar los ojos hasta llegar a Trujillo.

EL PERRO SIN PELO DEL PERÚ

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Cuando pasean tienen un garbo especial, sus colitas se levantan en forma de media luna y sus orejas son abiertas como las hojas vegetales. En épocas de invierno no tienen frío, su piel es como una bolsa con agua caliente. Son calatos y no se ruborizan al mostrarse totalmente desnudos.

Es un perro tan peruano como el caballo de paso, el pisco, el cebiche, la bandera o el escudo nacional. Es conocido como perro "calato", perro "chino", perro "viringo", "perro sin pelo del Perú".

Estos ejemplares cumplieron un rol importante dentro de las costumbres y mitos de los incas e incluso se le utilizó para fines medicinales.

Su dentadura, casi siempre es incompleta. Si hay algo que tiene muy desarrollado es su sentido auditivo.

Los restos de las culturas MOCHICA y CHIMÚ dan fe de que estos perros sin pelo son oriundos del Perú. Estos hombres antiguos han plasmado en sus ceramios, el apareamiento del perro sin pelo así como la lactación de sus cachorros con su madre.

Actualmente en Trujillo podemos encontrarlos en “Las Huacas del Sol y la Luna” y Chan Chan.


PATRIMONIO NACIONAL
El 22 de octubre del 2001, el Congreso de la República ordenó publicar la Ley 27537 en cumplimiento de los artículos 108° de la Constitución Política y 80° del Reglamento del Congreso debido a que el Presidente de la República no promulgó la Ley dentro del plazo constitucional establecido, en el que se declara al Perro sin pelo del Perú como Patrimonio Nacional. En el artículo 1° "reconoce la raza canina "perro sin pelo del Perú" como raza canina oriunda del Perú, otorgándosele la calidad de patrimonio nacional, especie a preservar". En el artículo 2° hace la "reglamentación de la Ley ante el Ministerio de Agricultura que dispone encargar a las entidades públicas o privadas la conservación, fomento de la crianza y exportación de la raza canina "perro sin pelo del Perú", bajo su responsabilidad.


MÁS DATOS:
PERRO SIN PELO DEL PERÚ:CARACTERÍSTICAS DE LA RAZA
RESEÑA HITÓRICA DEL PERRO SIN PELO



RECUERDOS

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Por Miguel Salazar
Había tanta paz en ti, se te notaba tan serena, tan fuera de lo común, tan bonita, tan sonriente, tan amable con todo el mundo, que no parecías real. Todos te amábamos.
Recuerdo tu voz, tu mirada. Hoy después de mucho tiempo me doy cuenta de la influencia que ejerciste en mí.


Siempre eras así, tan fresca, tan natural, tan buena gente y sobre todo hermosa, bella hasta al extremo.

Era muy joven entonces, nadie podía dar con mi mal, pero me estaba muriendo de a pocos. Qué habría sido de ti, porque después no llegué a conocer a nadie como tú. Tal vez eras un ángel y solamente te tocaba sacarme del infierno. Aunque a veces hasta del propio infierno se puede sentir nostalgia.

LA DIFERENCIA(*)

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Su nombre era Rosa Torres. Mientras estuvo al frente de su clase de quinto grado, el primer día lo iniciaba diciendo a los niños una mentira.

Como la mayor parte de los profesores, ella miraba a sus alumnos y les decía que a todos los quería por igual. Pero eso no era posible, porque en la primera fila, desparramado sobre su asiento estaba un niño llamado: Tomás López.

La profesora Torres había observado a Tomás desde el año anterior y había notado que él no jugaba muy bien con otros; su ropa estaba muy descuidada y necesitaba darse un buen baño.

Tomás comenzaba a ser un tanto desagradable. Había Llegado el momento en que la señorita Torres disfrutaba al marcar los trabajos de Tomás con un plumón rojo. Haciendo una gran aspa y colocando un cero muy llamativo en la parte superior de sus tareas.

Poco tiempo después, en la escuela donde la profesora Torres enseñaba, le era requerido revisar el historial de cada niño. Ella dejó el expediente de Tomás para el final.

Cuando le tocó revisó su expediente, se llevó una gran sorpresa. La profesora de primer grado había escrito: “Tomás es un niño brillante con una sonrisa sin igual. Hace su trabajo de una manera limpia y tiene muy buenos modales... es un placer tenerlo cerca”.

Su profesora de segundo grado escribió: “Tomás es un excelente estudiante, se lleva muy bien con sus compañeros, pero se le nota preocupado, porque su madre tiene una enfermedad incurable y el ambiente en su casa debe ser muy difícil”.

La profesora de tercer grado escribió: “Su madre ha muerto, ha sido muy duro para él. Tomás trata de hacer su mejor esfuerzo, pero su padre no muestra mucho interés y el ambiente en su casa le afectará si no toma ciertas medidas”.

Su profesora de cuarto grado escribió: Tomás se encuentra atrasado con respecto a sus compañeros y no muestra mucho interés en la escuela, no tiene muchos amigos y en ocasiones duerme en clase”.
Ahora la señorita Torres se había dado cuenta del problema y estaba apenada con ella misma. Ella comenzó a sentirse peor cuando sus alumnos les llevaron sus regalos de navidad envueltos con preciosos moños y papel brillante, excepto Tomás. Su regalo estaba mal envuelto con un papel amarillento que él había tomado de una bolsa de papel.

A la Señorita Torres le dio pánico abrir ese regalo en medio de los otros presentes. Algunos niños comenzaron a reír, cuando ella encontró un viejo brazalete y un frasco de perfume con sólo un cuarto de su contenido. Ella detuvo las burlas de los niños al reclamar lo precioso que era el brazalete mientras se la probaba y se colocaba un poco del perfume en su muñeca.
Tomás López se quedó ese día hasta el final de la clase el tiempo suficiente para decir: “Señorita Torres, el día de hoy usted huele como solía oler mi mamá”.

Después de que el niño se fue, ella lloró por lo menos una hora.
Desde ese día ella dejó de enseñarles a los niños aritmética, a leer y a escribir. En lugar de eso, comenzó a educar a los niños. La señorita Torres puso atención especial en Tomás. Conforme comenzó a trabajar con él su cerebro comenzó a revivir. Mientras más lo apoyaba él respondía más rápido. Para el final del ciclo escolar Tomás se había convertido en uno de los niños más aplicado de la clase y a pesar d su mentira de que quería a todos sus alumnos por igual, Tomás se convirtió en uno de los consentidos de la maestra.

Un año después, ella encontró una nota debajo de su puerta, era de Tomás, diciéndole que ella había sido la mejor maestra que había tenido en toda su vida. Cuatro años después por las mismas fechas, recibió otra nota de Tomás, ahora escribía diciéndole que había terminado la secundaria siendo el tercero de su clase y ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido en toda su vida.

Cinco años después, recibió otra carta que decía que a pesar de que en ocasiones las cosas fueran muy duras, se mantuvo en la universidad y pronto se graduaría con los más altos honores. Él le reiteró a la señorita Torres que seguía siendo la mejor maestra que había tenido en toda su vida y su favorita.
Cuatro años después recibió otra carta. En esta ocasión explicaba que después de que concluyó su carrera, decidió viajar un poco. La carta le explicaba que ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido y su favorita, pero ahora su nombre se había alargado un poco, la carta estaba firmada por Tomás F. López, Congresista de la República.

Después de un tiempo la señorita Torres volvió a recibir otra carta de Tomás, en la cual le decía que había conocido a una chica con la cual iba a casarse. Le explicaba que su padre había muerto hacía un par de años, y le preguntaba a la señorita Torres si le gustaría ocupar en su boda el lugar que usualmente es reservado para la madre del novio, por supuesto la señorita Torres aceptó. El día de la boda ella llegó luciendo el viejo brazalete y se aseguró de usar el perfume que Tomás recordaba que usó su madre la última navidad, que pasaron juntos. Se dieron un gran abrazo y el Doctor López le susurró al oído: “Gracias señorita Torres por creer en mí, muchas gracias por hacerme sentir importante y mostrarme que yo puedo hacer la diferencia”.

La señorita Torres, con lágrimas en los ojos, tomó aire y dijo: “Tomás te equivocas, tú fuiste el que me enseñó a mi que yo puedo hacer la diferencia. No sabía cómo educar hasta que te c onocí”

(*)Reflexión tomada de la Revista "La voz de la Calle", Nº 13

CAJABAMBA, TIERRA DE RECUERDOS

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La Provincia de Cajabamba es un paraíso en el departamento de Cajamarca, pues posee una infinidad de paisajes hermosos. La verde vegetación decora a lo largo y ancho de su valle. Desde el majestuoso cerro Chochoconday hasta la llanura del valle Condebamba. "La peña del Olvido" es uno de sus principales bellos paisajes; no obstante durante los últimos años la lluvia ha erosionado en forma paulatina la cima y sus flancos. Hoy en día nadie le toma la debida atención, los visitantes se muestran impotentes ante las fuerzas erógenas de la naturaleza que continúan derrumbando por pedazo a este inofensivo peñasco.

Pero esta vez el silencio se acabó. "La señora Peña del Olvido" muestra su descontento y argumenta por qué necesita una urgente atención, una remodelación y un cambio de nombre.

UNA PEÑA, MIL RECUERDOS
Por Wilson Caballero Tafur
Estoy herida de muerte. Parte de mi cuerpo se está desprendiendo y cayendo al vacío. Lamentablemente, los años no perdonan. Ya soy anciana, pero soy testigo de mil amores. Amores de ayer, de los buenos y sinceros… Cuántos recuerdos, cuántos nombres, cuánta pasión.

En otras palabras, cómo olvidar el amor de los quince años. Soy muda testigo del sonrojo de una quinceañera que recibe su primera declaración de amor y el primer beso. La joven pareja, tomada de la mano, inspirada en el atardecer que tiene como fondo el incomparable paisaje del Valle del Condebamba, se jura amor eterno.

¡Cómo olvidar ese romanticismo puro, casi inocente, de los quince años!
En mis recuerdos siempre están presentes los detalles que siguen al tan esperado sí. El emocionado galán graba el nombre de su amada y el suyo propio, enmarcado en un sangrante corazón, en la tradicional penca, que abunda en hábitat natural.

Bueno, creo que ya se imaginan quien soy… ¡Sí, acertaron! Soy La Peña del Olvido, el lugar más popular y tradicional de La Gloriabamba de Bolívar, imperturbable ojo de Cajabamba hacia el hermoso Valle que riega el, por momentos, caudaloso Río Condebamba.

Algunos de estos amores, terminan en forma trágica. Uno de los protagonistas opta por arrojarse al vació para concluir en el cause el Río Lanla que discurre por mis pies. Quienes tienen “base cuatro” recuerdan el sonado caso de Doña Vila. En los últimos años, algunos adolescentes también decidieron terminar con sus días arrojándose al abismo.

Otrora, el Río Lanla, que observan los turistas desde lo alto de mi humanidad, reboza de vida y era un placer pasear por su ribera. El aroma de las flores, que riegan sus aguas, era una caricia al ambiente. Ni que hablar de peces, llámese truchas, que abundaban en sus aguas. Hoy todo ha cambiado. Sus aguas están contaminadas. Los peces han muerto. ¡Qué pena mi pobre amigo Lanla! ¡También está agonizando!

Me he puesto sentimental y, ahora, quiero halar también de mi otro vecino. El Porotillo. El antiguo bello árbol, anciano como yo, igualmente agoniza. Actualmente se halla muy venido a menos. Manos extrañas lo han podado. Él, como yo, forma parte de la tradición y el paisaje de esta parte de Cajabamba. Quisiera pedirle a Dios un ejemplar castigo para este mal cajabambino que tuvo la osadía de faltarle el respeto al paisaje de nuestra provincia.

A mi mente llegan recuerdos muy bonitos que en este momento, me levantan el ánimo. Por ejemplo, el aspecto religioso. Soy principal protagonista de una de las fiestas católicas más populares y coloridas de nuestra gloriabamba: El Domingo de Ramos. Una parte especial de mi cuerpo (La Cueva de la Peña del Olvido) cobija a nuestro Señor antes de que inicie su recorrido hasta el Templo San Nicolás de Tolentino. Hasta mí llega el riquísimo olor del tradicional tamal y el de la chicha de jora madura “desde hace un mes”. Se me hace “agua la boca” con el aroma de los chicharrones y el mote que “conversan” muy animadamente… ¡y no sigo, porque sino…!
Para terminar quiero hablar nuevamente de mis dolencias.

Lamentablemente, la madre naturaleza hizo mi “estructura” de un material deleznable. No de roca dura ni sólida, como debió ser. Por este motivo, las lluvias han humedecido mi cuerpo y parte de mi humanidad ha empezado a caer al vacío. Y lo que es más, todo mi cuerpo amenaza con ir a parar al río, llevando a su paso al antiguo y bello molino de Lanla.


Ante esa triste realidad, quiero hacer un llamado, en primer lugar, a mis vecinos del popular barrio Santa Ana: ¡Únanse y ayúdenme a vivir! ¡No me dejen morir!... Tal vez, columnas de cemento con alma de fierro impida que me siga desmoronando. Un ingeniero tendrá una idea más clara del problema.

Quisiera también que sea remodelada mi sima. Me gustaría que se construya una hermosa plazuela con jardines, bancas y faroles. No deben olvidar el mirador o malecón. Todo esto se complementaría con una florida avenida que se iniciaría en el cementerio.

Amigos: ¿No les gustaría la idea? A mí sí.

A propósito, entre los cientos de turistas, incluidos enamorados, que me visitan ha surgido la idea de que mi nombre no debería ser “La Peña del Olvido” sino La Peña de Los Recuerdos. ¿Ustedes qué opinan? (Más fotos: cajabamba.8m.com )


QUIRUVILCA: PUEBLO DE HISTORIAS Y LEYENDAS

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Dicen que el “Muki” existe y vive en los socavones de Quiruvilca. Es el guardián de la plata, el cobre y el bronce. Es muchas veces amigo y otras, enemigo de los humildes mineros. A través de sus pactos uno puede vivir en medio de la fortuna, o en todo caso en medio del infortunio. Esto depende si lo abordas cuando el “Muki” está de buen humor, o con humor de los mil demonios, eso dicen los mineros.

Dicen que es pequeño y jorobado, de piernas cortas y delgadas, de ojos grandes y redondos.

Lleva en la cabeza una linterna que alumbra sus pasos y advierte su presencia.

La mina es tan vieja como el pueblo, y el “Muki” es tan viejo como la mina”. Lo que dicen del “Muqui” se transmite de generación en generación. Perdura en la memoria de los más pequeños y de los más viejos quiruvilcanos.

Ya todos saben que anda solo, de qué se alimenta y dónde se cobija. Los mineros cada vez que se cruzan atisban de reojo y se pasan de largo. No le dicen nada, porque si lo encuentran de mal humor, con una cachetada los haría ver estrellitas y probable no regresen de ese mundo de estrellitas y angelitos.

Tal vez por eso nadie se atreve a pactar con el “Muki”, por el miedo a las cachetadas, o porque les puede ofrecer toda una vida de infortunio, de desgracias, quizás hasta la muerte. ¿Pero si está de buen humor y les ofrece fortuna y felicidad? ¿Cómo saber su estado de ánimo? Nadie lo sabe.

El domingo pasado, don Hermeregildo, viejo regañón e incrédulo, que dice no existe el famoso “Muki”, ingresó a trabajar a la mina. Se colocó su casco amarillo, su sacón fosforescente, y sus grandes botas de jebe.

Empezó a picotear la tierra, de pronto observó que el socavón se aclaraba, escuchó unos pasos finos, como de niño. Pensó que de repente era su hijo, dejó de picar el suelo y puso atención a los ruidos generados por los zapatos. Pero en tanto don Hermenegildo dejó de picar la tierra, también aquél misterioso ruido dejó de moverse. Pero el brillo dorado alumbraba notoriamente, era distinta a la de don Hermeregildo.

En ese momento llamó dos veces a su hijo. La tercera, gritó. No respondía. Se empezó a alarmar sobremanera, de su frente chorreaba sudor, sus manos habían mojado el mango del pico, seguramente era causa del miedo, qué otra cosa más se puede pensar, ¿por el trabajo? Si recién había dado 10 o 15 picotazos al suelo. A ver pues diga que no existe el “Muki”

En breves minutos, cuando don Hermeregildo se emprendía a investigar quién se ocultaba detrás de ese muro. Aquel resplandor de luz se adelantó y dio el primer paso. Se le acercó tan cerca que el potente brillo de la linterna del “Muki” no le permitía ver detalladamente.

Alcanzó a dar dos vueltas a su alrededor y empezó a disertar, le confirmó que era el guardián de aquella mina. Y que no permitía que lo molestasen los domingos, porque ese día era el único día que podía descansar cómodamente: sin ruidos y sin gritos de gente. Enfadado le advirtió que por ningún motivo nadie debe acercarse por los socavones ese día. Y Por haberle despertado le castigó pidiéndole sus más preciados becerritos como ofrenda, durante una semana, uno diariamente. “Pero señor-- le increpó don Hermeregildo, yo sólo tengo tres becerritos. Soy pobre, además tengo una familia que mantener, cuatro hijas”
“¡Silencio…! No me tienes que objetar”- se enfureció más ‘el Muki’- acata las órdenes y punto viejo renegón”. Tú vendrás a ofrecerme diariamente un becerro y como recompensa tendrás vida eterna. De lo contrario me veré obligado a dejarte en el infierno toda la eternidad.

Don Hermeregildo, dejó su pico, y salió como alma que lleva el diablo. Al llegar a su casa le contó a su esposa al detalle. Pero don Hermeregildo no creía en esas cosas. Pensó que quizás era un sueño de mal gusto. No hizo caso. Dejó pasar una semana y nunca llevó la ofrenda al malvado “Muki”. Su esposa que era 20 años más joven que el viejo setentón, intentaba convencerlo todos los días. Ella sí creía en el pacto, y tenía miedo a perderlo para siempre.

“No te preocupes mujer, no me va a pasar nada”, le decía. Parecía estar tranquilo, despreocupado. Pero tenía miedo. Empezó a temer a la oscuridad, a los rincones grises. Por eso no regresó durante esa semana a la mina. Prefería ir a la cantina a tomar alcohol con sus amigos y a contarles que él sí lo había visto al “Muki”. Muchos le preguntaban si tendría vida eterna, o tal vez fortuna eterna. “Nada de eso”, les decía.

Tal vez si el “Muki” hubiese estado de buen humor, si no lo hubiesen despertado esos picotazos que apuntaba en el suelo el viejo Hermeregildo, otra hubiese sido la historia. Quizás el más rico del pueblo, o el más rico del mundo.

Pero estuvo de mal humor. Más aún no hizo caso a su pedido. El “Muki” se enfureció. Durante la semana, a media noche hacía temblar el cerro, removía los cimientos, todo el pueblo se alarmaba. El último día de plazo don Hermeregildo ya no era bien visto en el pueblo, todos sabían que había pactado con el “Muki”, pero nadie sabía que clase de pacto. Pensaban que eso era el motivo de los fuertes remezones.

El domingo, último día del pacto, a media noche muchos pobladores juraron verlo a don Hermeregildo deambulando por las calles, pero esta vez estaba bien vestido, de saco y de corbata. Todos se extrañaban. “Seguro es un regalo del Muki”, murmuraban.

Panchito de 12 años, el hijo “shulca” de don Hermeregildo salió de su dormitorio en la madrugada a orinar y se chocó con su padre en el corredor de la casa, pasó de frente, y no le dijo nada, sólo sintió una fuerte energía que rozaba su delicado rostro. Panchito regresó a su cama pero de reojo volteó a ver a su padre, ahí estaba roncando como los chanchos. Pero ya no había esa lujosa ropa que vestía. ¡Qué extraño!—se admiraba—
¿Adónde habrá salido vestido así?

Al día siguiente don Hermeregildo, amaneció distinto. Más cariñoso con sus hijos, con su esposa, y con ganas de volver a trabajar. Habían pasado una semana desde que vio al “Muki” y no había pasado nada. Seguía vivito y coleando. Se despidió de todos, como si nunca fuera a regresar y de broma les dijo a sus hijos, “hijos míos nunca vayan a trabajar los domingos a la mina porque va a encontrarse con “Muki”, el “Muki” es malo.

Agarró su pico y se dirigió nuevamente a la mina. En el camino los alcanzó a sus compañeros de trabajo, se saludaron y continuaron. Al llegar a la boca del socavón, don Hermeregildo sintió escalofríos, se detuvo un momento y siguió la huella de los rieles. El resto de mineros continuaron adelante mina adentro. De pronto se escuchó un ruido estridente que salía de la mina y se expandía por todo el cerro de Quiruvilca. La mina había colapsado. Pero sólo uno ha muerto.

Se había cumplido el pacto del “Muki”. Se robó el alma de don Hermeregildo y lo llevará por el purgatorio y el infierno. El resto quedó atrapado por unas horas y salieron ilesos de ese trágico derrumbe.

LA MUJER DE MI HERMANO

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Esta mujer despedía glamour y elegancia desbordantes por donde fuere. Una mujer al estilo Perricholi. Una ninfa en traje de ñusta andina. Así fue como la conoció mi hermano. La enamoró con palabras parcas, fofas, fiel a su estilo trivial. Y ella invadida por la ingenuidad andina cayó en las redes de este viejo pescador de mujeres sumisas.

Mi hermano era gordo y bonachón, le gustaba la cerveza y las mujeres. La cerveza para calmar su sed, y las mujeres para calmar sus otros deseos . En uno de estos bares clandestinos conoció a la mujer de sus sueños. Cupido lanzó la flecha, el efecto fue inmediato. Dos horas le tomó para enamorarla y dos semanas para contraer nupcias. Dos años para concebir a su primer hijo. Y tres para el segundo varón. Ambos saludables y pero mal criados. Nadie se escapaba de sus titubeantes palabras procaces y soeces infantiles, que no nos hacían más que soltar una carcajada por cada lisura que lanzaban.

La relación marital parecía ir viento en popa. Mi hermano trabaja en una empresa transnacional. Ganaba buena plata, sus hijos crecían en buena comodidad. Y la "ninfa" no pasaba hambre, sino soledad.

Fue entonces que Empecé a notar en sus ojos pena y tristeza. Mi hermano les visitaba cada fin de mes, salían a comer a los mejores restaurantes; a divertirse en la discoteca de moda. Pero la despedida al día siguiente le deprimía sobremanera. De nuevo era víctima de ese veneno, mezcla de pena y tristeza.

Debido a su notoria soledad la empecé a frecuentar a su cuarto con el pretexto de ver televisión. Pero antes inventaba cualquier excusa para que mis sobrinos abandonen el dormitorio y fueran a jugar en la azotea con los alucinantes robots de Stara wars; mientras yo buscaba el momento preciso para acercarme a la joven Ninfa y ofrecerla mis buenos sentimientos. Extrañada por mi actitud me rechazó de súbito.

Yo la quería consolar, desbordar el huracán de amor que traía encima. Pero sólo obtuve rechazo y más rechazo. Nunca más la volví a insinuar.

Ella hizo su vida y yo la mía. Un día recibimos la noticia de que mi hermano había sufrido un accidente, fue hospitalizado y a los pocos días falleció. La mujer de mi hermano quedó sola y abandonada, con dos hijos y un sin número de amantes de su marido.

Los días pasaron, y para evitar la tentación por la mujer mi hermano busqué un trabajo en una empresa que dista a más de 500 kilómetros de la ciudad. Siempre evité pensar en aquella muchacha vestida en traje de “ninfa”, pero la obsesión me sometía. Tuve que regresar.

De la muerte de mi hermano han pasado casi tres años. También tres años han pasado que no he regresado a la ciudad. Hoy llegué a casa y todo ha cambiado. Mi madre fenece de pena por el abandono de sus hijos. Yo a 500 kilómetros y mi hermano a tres metros bajo tierra. La “Ninfa” aún joven parece haberse congelado en el tiempo, sus ojos reflejan juventud y deseo de vivir la vida. Durante todo este tiempo su mente lo ha mantenido ocupada sólo a la crianza de sus hijos. No tiene novio, ni pretendientes, sigue guardando la memoria de mi hermano.

Pero sólo hasta hoy día, porque hoy me he convencido que ella es la mujer de mi vida. Precisamente la mujer de mi hermano.

UN MENSAJE DE LIBERTAD

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¿Qué has hecho con tu plumaje maravilloso?, le preguntó el rey, un poco confundido a su ave de plumaje dorado. “He sacrificado mis finas plumas para salir de esa jaula y lograr mi libertad”, contestó la avecilla.

¿Pero no eres feliz en esa jaula de oro, no te satisfacen las comodidades que te he dado?, le preguntó angustiado el rey. La avecilla respondió: “así como a usted le hace feliz la avaricia, el dinero, las joyas, a mi me hace feliz obtener mi libertad, mi rey.
El rey trastabilló al observar a la avecilla desplumada y prosiguió: “cuánto dolor habrás sufrido al sacarte las plumas más hermosas de tu cuerpecito sólo por un simple capricho,lograr tu libertad y vivir en ese mundo salvaje”.

La avecilla de plumaje dorado le respondió: “más dolor he sufrido durante todo este tiempo que me has tenido encerrado en esa espantosa jaula y no haber podido volar en el cielo celeste mis últimas agonías".

“Pero de que agonías hablas, replicó el rey, tú no te vas a morir".
El ave apunto de fenecer le dijo: “mi cuerpecito no ha resistido tanto dolor, tanto sacrificio, me siento fustigado. Me falta oxígeno, me siento fenecer, a pesar de todo salir de la jaula ha valido la pena”.
El rey, que no se negaba a perderlo replicó: “pero te he dado comodidades, buenas comidas, todo lo que has deseado".

En sus últimos respiros respondió la avecilla: “Para mi no tiene ningún valor tu riqueza. Tal vez he degustado los mejores manjares en tu palacio, pero mi vida encerrada no le da sentido a mi existencia. Yo soy una avecilla libre por naturaleza. Tengo que regresar al lugar al que pertenezco. Donde los míos vuelan al libre albedrío por el cielo infinito. Donde tienen la oportunidad de elegir libremente y poder volar en todo momento".

El rey al escucharlo y al ver el sacrificio por la lucha de sus ideales, se postró sollozando, al pie de la jaula y observaba atentamente, cuando sacaba fuerzas de su flaqueza para asomarse a la ventana y poder ver por última vez a la naturaleza en todo su esplendor.

La avecilla, desde el filo de la ventana dejaba caer de sus rebosantes ojos aquellas lágrimas soñadoras, por fin libres, sin ataduras de la servidumbre, ni de su rey.

Allí acabó dando sus últimos respiros en aquella ventana contemplando aquel estupendo paisaje de sus sueños, de sus ideales. por fin llegó a ser libre.

UNA MIRADA AL MONUMENTO DE LA LIBERTAD

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Allá por los años 1820, en Perú, unos indios hartos de la opresión, resentidos por la humillación de los extranjeros españoles despertaron de aquel prolongado estado de coma, e hicieron esfuerzos descomunales para deshacerse de las pesadas cadenas que les oprimía. Nació la idea de libertad.

En diciembre de 1820, desde el lejano norte liberteño se aproximaba una energía abrasadora de un incipiente verano y junto con ella un pujante espíritu fresco de libertad.El 29 de diciembre de ese mismo año, desde las entrañas de la majestuosa plaza de armas de Trujillo, se escuchó un grito intenso que removió los cimientos de nuestra patria: ¡Viva nuestra independencia! ¡Viva la libertad! ¡Viva! Se independizó la primera ciudad del Perú: Trujillo.

Cien años después de este magno acontecimiento las autoridades liberteñas deciden homenajear a los fundadores de la independencia. A este evento fue invitado el escultor Alemán Edmundo Moeller, a participar del concurso internacional para la creación de un monumento, Evento del que salió airoso gracias a sus virtuosas manos que simbolizaron mejor la significación del suceso.

Las palmeras frondosas de la plaza de armas y las casonas coloniales de en derredor fueron testigos históricos, y los únicos que nos pueden contar en detalle, no sólo del proceso de construcción, sino también de la inauguración del Monumento de la Libertad (04 de julio, 1929). El padrino de honor fue el entonces presidente Augusto B. Leguía.

Este monumento ubicado en el corazón de la plaza de armas de Trujillo tiene un gran basamento con escalinatas a un segundo plano, donde se ubican las alegorías como: el ARTE, representado por una bella mujer, en cuya mano diestra sostiene abundante fruta y en la otra, joyas brillantes.

La CIENCIA, simbolizado por un anciano sentado con una expresión meditabunda, tiene, además, sosteniendo entre sus piernas a un niño y lleva sujeto un libro, le trasmite sus experiencias cotidianas.

El COMERCIO, refleja a un hombre sentado con el brazo izquierdo levantado a la altura del hombro.

La AGRICULTURA traducido por un hombre de aspecto campesino en cuyos brazos sostiene una gavilla de trigo, un carnero y un niño a su costado izquierdo.

En el plano siguiente se puede apreciar a un pedestal triangular. Hay tres admirables estatuas que simbolizan: la OPRESIÓN, hombre sentado cogiéndose la cabeza y orientado hacia la calle Almagro.

La ACCIÓN, un cansado hombre inclinado hacia adelante con los brazos hacia atrás, trata de liberarse de las pesadas cadenas que lo tienen atado.

La LIBERACIÓN, un fornido hombre que tiene los brazos en alto haciendo fuerza, expresión de poder y vigor, siendo ésta una muestra final de libertad.

En el último plano se percibe a una maravillosa geometría tallada en forma de diamante. En la parte superior sostiene al mundo y sobre éste apreciamos a un niño de cuerpo perfecto, lleva puesto una capa delgada sobre los hombros; parece ser movida por los vientos otoñales. Además lleva sujeto con la mano derecha bien en alto la antorcha de la libertad. Ilumina desde su lugar a los pueblos de la América oprimida.

Hoy el monumento tiene 74 años, ni la edad ni las arrugas impiden que nosotros nos deleitemos de la máxima expresión barroca trujillana.